Reliquia cristiana

restos de los santos después de su muerte / De Wikipedia, la enciclopedia libre

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En la Iglesia católica, se llama reliquias a los objetos asociados a la vida y pasión de Cristo, los cuales son los más apreciados, así como a los restos de los santos después de su muerte.[1] En un sentido más amplio, una reliquia constituye el cuerpo entero o cada una de las partes en que se haya dividido, aunque sean muy pequeñas. Las reliquias también designan a los ropajes y objetos que pudieran haber pertenecido al santo en cuestión o haber estado en contacto con él, considerados dignos de veneración.[2]

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Urna con las reliquias de San Juan Bautista de La Salle en la casa generalicia de los FSC en Roma.
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Relicarios en la Iglesia de San Pedro, Ayerbe, España.
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Relicario con bordados.
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Reliquia de Santa María Magdalena en la Catedral de Orense.

El culto a las reliquias se remonta a los principios del cristianismo: como consecuencia de las persecuciones comenzaron a conservarse y a tenerse en gran estima los objetos relacionados con los que habían muerto por la fe. Ejemplo de ello, San Ambrosio (siglo IV) recogió estos objetos después de la muerte de los santos Vital y Agrícola en su patíbulo en Bolonia y los llevó a la iglesia de Santa Juliana de Florencia. Los primeros restos recogidos de los que se tiene noticia (y documentación a través de los siglos) son los de san Esteban, primer mártir de la Iglesia católica. Agustín de Hipona da noticia en sus escritos sobre una de las piedras con que lapidaron a Esteban que fue llevada a Ancône (Francia), y que contribuyó a extender el culto y la devoción hacia este santo. En los Museos Vaticanos se conservan muchas reliquias de este tipo.

El culto a las reliquias ha sido un fenómeno de gran importancia social, económica y cultural. Representó una forma de piedad popular especialmente arraigada en la Edad Media, cuando el prestigio de los templos llegó a medirse en función de la riqueza de los relicarios que albergaban, y constituyó un motor importante de las peregrinaciones. Las reliquias poseían para los fieles cualidades taumatúrgicas o «milagrosas», por lo que eran muy codiciadas y esto, unido a razones económicas y políticas, desató «una verdadera fiebre» en la época medieval. Todo ello condujo a que se dieran con frecuencia falsificaciones, engaños, y conductas supersticiosas. Fenómenos sociales como las Cruzadas o las peregrinaciones a Tierra Santa y a otros santuarios facilitaron el incremento del número de reliquias en Occidente. Durante la Baja Edad Media se intensificará todavía más este culto a las reliquias.[3]

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